lunes, 13 de septiembre de 2010

II. EL ARENAL Y SU INUNDACIÓN




II. EL ARENAL Y SU INUNDACIÓN
Estabámos muy tranquilas en nuestra oficina cuando llega el remolino llamado Aurelio Velasco y nos dice: “vengan las dos ¡RÁPIDO¡ porque quiero que me acompañen a hacer una tarea” Nosotras ingenuas tomamos nuestras cosas y nos bajamos para subirnos al auremóvil. Pero nadien nos dijo que íbamos a acabar en el fin del mundo.
“No vamos nos llevan” pensaba yo mientras nos conducían a la frontera entre el D.F. y la dimensión desconocida. Yo solo estuve 4 días (¿o tres?) pero en mis tristes recuerdos de las “misiones especiales” de mis jefes, conservo más anécdotas:

LAS EFES.
Tomando café de madrugada (porque en mi rancho la mañana empieza a las nueve); vimos a un señor muy chistoso que transitaba enojadísimo con sus diez perros y una bolsa de plástico muy misteriosa.
Con uniforme de gobierno y atentas a las necesidades de la gente en desgracia, atendimos una queja muy especial.
Se aproxima el hombre, nos explica que los vecinos lo agredieron porque trae muchos perros y no recoge sus excrementos… es entonces cuando se acerca peligrosamente a nosotras (y la cobarde de la pequeña estaba un paso más atrás que yo) y nos dice muy enojado:
- Mire, yo si recojo las efes (sic) de mis perros, mostrando la bolsa cada vez más cerca de mi.
- Muy bien señor y trato de explicarle lo que sé del reglamento cívico o eso.
- ¡Pero mire, si yo recojo mis EFES!
-en ese momento yo ya no sabía si reírme o vomitar porque el interfecto agitaba su bolsa con las efes a la vista muy cerca de mi cara. La pequeña se aguantaba la risa la cabrona. Total que me safé dándole el avión y caminando lentamente hacia atrás para librarme de las mentadas efes.

O ALGOOOOOOO
Estábamos concentradas en nuestro trabajo salvador de los desprotegidos en desgracia, cuando escuchamos una extraña voz que algo decía por las calles de la colonia: no entendíamos nada. Al final descubrimos que era una camioneta de dudosa procedencia tratando de sacar provecho comprando las miles de cosas que se echaron a perder. Al poco rato comenzamos a oír cada cinco segundos la cantinela en cuestión:
Se compran lavadoras, estufas, refrigeradoores, microondas…
¡O ALGOOOO¡ (de fierro viejo, pero no lo entendimos hasta después)
De tanto escuchar la grabación -que por cierto era de una individua con una entonación muy especial- empezamos a reírnos y repetir por cualquier estupidez: ¡OOOOOO ALGOOOOOOOO!
Luego resultó que empezamos a escuchar la grabación en todas las calles de la ciudá, lo que dejó para la posteridad la famosa cancioncita, tal como pasó con el ya antiquísimo ¡TAMALEEEES OAXAQUEÑOSS CALIENTITOSSS¡

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